Si te da miedo viajar, estás listo para viajar

2 de mayo de 2016*

A veces pienso, que nos hacen creer –o nosotros creemos, o nos hacen creer y nosotros creemos- que los sueños están hechos para ser guardados en una vidriera mental. Y que se queden ahí para que los miremos en esos días en los que odiamos el mundo, esos días en los que queremos desaparecer por un rato del mundo que odiamos. Pero, ¿y si rompemos la vitrina mental? ¿Y si de repente nos animamos?

El 1 de octubre de 2014 –recuerdo el día exacto- con Baldo decidimos dejar de mirar por la vitrina nuestro sueño de viajar. Nos dimos un año para ahorrar: teníamos que juntar lo necesario para arreglar el auto, compararnos equipo y tener un resto para el viaje. Agarré una caja de cartón, le pegué un dibujo que encontré en una revista, de un mundo y una combi montada encima, y con un cuchillo le inventé una ranura. No se lo contamos a muchas personas. Supongo, porque eso nos daba tiempo de arrepentirnos; no es lo mismo abandonar un sueño del que le contaste a todo el mundo que abandonar un sueño del que sabés sólo vos.

Los meses fueron pasando y la caja se fue llenando de plata. Y aunque nunca nos dijimos nada, un día nos dimos cuenta que la vidriera mental estaba rota y ya era demasiado tarde para arrepentirse. Le contamos a nuestras familias que nos íbamos a recorrer la ruta 40 de Argentina sin fecha de regreso y avisamos en nuestros trabajos que el 30 de septiembre sería nuestro último día.

Y ahí sí, empezaron a aparecer los miedos. Me acuerdo que el día que salí de la oficina de correo después de mandar el telegrama de renuncia, no sentí nada de lo que imaginaba. Nada de alivio, nada de alegría. Un pánico horrible me trepaba por las piernas y me hacía pensar en que tal vez todo había sido un error.

Empecé a formar en mi mente, justo al lado de la vitrina rota, una lista de miedos que como tales, suelen ser exagerados y extremistas.

LISTA DE MIEDOS

  • ¿Y sí me arrepiento a los 20 kilómetros de Buenos Aires?
  • ¿Y sí nos quedamos sin plata, no tenemos qué comer ni nafta y terminamos varados en plena ruta 40?
  • ¿Y sí con Baldo no nos soportamos, y él me deja sola con mi mochila y mi cámara en algún rincón inhóspito de la Patagonia?
  • ¿Y sí no encontramos lugares en los que nos dejen dormir con nuestro perro?
  • ¿Y sí lo perdemos en un pueblito del Norte, lo encuentra otra familia y se olvida de nosotros?
  • ¿Y si después de renunciar a mi trabajo para viajar no vuelvo a conseguir otro trabajo de periodista?
  • ¿Y sí a alguno de mis familiares o amigos le pasa algo importante- bueno o malo- y no estoy para compartirlo?
  • ¿Y sí mi sueño es demasiado grande para mí?
  • ¿Y si hubiese sido mejor dejarlo adentro de la vitrina y limitarme a mirarlo?

Obviamente, ninguno de estos miedos se materializó. Pero antes de salir de viaje tuve miedo. Y también muchas otras veces durante el camino. Y todavía hoy, lo sigo teniendo.

Cumplir sueños da miedo. Desarmar tu vida y ponerte a reconstruirla da miedo. Pero por eso, ¿no vamos a intentarlo?

Antes, creía que el miedo era algo malo. Si me daba miedo, no podía ser buena idea. Si me daba miedo, tal vez era conveniente no hacerlo. Pero hoy creo que el miedo es algo bueno. Porque sólo lo que deseas mucho te va a dar miedo. Porque sólo lo que anhelas cada día todos los días te va a dar miedo. Porque si te parece horrible el sólo hecho de no verte lográndolo, te va a dar miedo.

Pero creo  que esos momentos que uno sabe va a recordar por siempre, valen todo el miedo que pueda entrarte en el cuerpo.

Por eso, si te da miedo viajar, estás listo para viajar.

Lo peor que te puede pasar es que conozcas lugares, personas, paisajes y esa parte tuya que ni sabías que existía.

Lo mejor que te puede pasar, es que entiendas que los sueños no están para las vitrinas, están para cumplirse.

*Este post lo escribí en Cafayate, cinco días antes de terminar de recorrer los 5194 kilómetros que forman la ruta 40 de Argentina.

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