Purmamarca, destino absurdo

En mi casa, hay un frasco que guarda un lugar. Es un frasco que trajo mi papá en uno de sus viajes de trabajo a San Salvador de Jujuy; representa al Cerro de los Siete Colores. Yo era chica y cada vez que agarraba ese frasco, veía a los granos de arena que se resbalaban en el interior, y luchaban para no caer en el vacío, mezclarse con los demás colores. Yo era chica, pero esos granos que se escurrían entre otros granos, me hacían pensar cómo sería ese cerro, qué habría de distinto a todo o de parecido a todo en aquel lugar.

Un invierno, finalmente viajamos al norte con mi familia. Fue un viaje largo; el paisaje monótono que veía por la ventanilla me hacía creer que no nos movíamos, que el auto estaba parado y que nos quedaríamos en esa ruta para siempre.

Cuando llegamos a Jujuy hice lo que todos hacemos, consciente o inconscientemente, cuando llegamos a un lugar por primera vez: compararlo con todo lo conocido. En ese entonces, “todo lo conocido” eran para mí las ciudades costeras de Buenos Aires que había visitado en distintas vacaciones y la inabarcable Capital Federal. Me sorprendí al entender que todo eso, tan distinto, estaba entro de los límites de mi país.

Me pregunté- y tal vez, esa fue la primera vez que una intriga de este tipo se prendió en mi- qué habría más allá. Y más acá. Cuán distintos serían los paisajes a medida que me alejara de mi casa, cómo serían las personas a medida que me alejara de mi familia.

Con mis 12 años, ignoraba los casi 70 kilómetros que separan a San Salvador de Jujuy y el lugar del frasco, y en silencio, soñaba que en ese viaje iba a conocerlo. Pero recién ahora, 15 años después, camino por Purmamarca y sus 2192 metros de altura, que me hacen sentir cerca de un cielo bien azul que contrasta con todo lo demás. Es como si los colores que guarda ese frasco que hoy está en un mueble del living de mi casa, se hubiesen vaciado encima de este lugar para pintarlo de rojos, naranjas, rosas, lilas, verdes.

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Muchas veces, cuando materializamos un lugar que habíamos ideado por mucho tiempo, el resultado nos decepciona. Pero cada rincón que conozco de Purmamarca supera lo que guardaba en mi imaginación.

Las calles de tierra rojiza que hacen resaltar los puestitos de la feria que acumulan colores chillones. Las parrillas y chulengos que, estacionados en las esquinas, cocinan tortillas rellenas de jamón y queso.

La plaza en la que juegan chicos de guardapolvo blanco y almuerzan turistas con las cámaras de fotos que les cuelgan del cuello. Uno de esos turistas, sin quitarse la cámara, se acerca a los chicos de guardapolvo blanco con una bolsa de caramelos y le da un puñado a cada uno.  Intercambian sonrisas.

Desde el banco en el que estoy sentada, veo el cerro y sus colores. ¿Qué hubiese pensado de poder conocerlo a los 12 años? Tal vez no hubiese logrado entender lo magnífico de este lugar. Porque cada línea de color carga con más de 600 millones de años. Cada línea, cada color, es consecuencia de los distintos sedimentos que se fueron acumulando con el tiempo. Supongo, que a veces, llegamos a los lugares cuando estamos listos para esos lugares.

Veo que hay varias parejas que posan de espaldas al cúmulo de colores y años, y me doy cuenta que no soy la única que anhelaba este lugar.

Y parece, Purmamarca no decepcionó a nadie.

Ni a ellos.

Ni a mí.

Ni a mi yo de 12 años.

 

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Comments 2

  1. emilia
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    Hola flor! Qué linda Purmamarca, qué lindo escribís! No puedo coincidir más con que “a veces, llegamos a los lugares cuando estamos listos para esos lugares”. Te mando un beso enorme, Emi

    7 septiembre, 2016
    • cualquierotraparte
      cualquierotraparte
      Reply

      Gracias, Emi! =) Me encantan todas las fotos de tu increíble viaje! Te mando un beso grande!

      7 septiembre, 2016

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