Seis días en el Parque Nacional Los Alerces

Hay lugares con los que todas las palabras parecen pocas palabras en el momento de describir. Todas suenan injustas, insuficientes, faltantes. Lo primero que se me ocurre nombrar del Parque Nacional Los Alerces es el lago que veo cada mañana, cuando abro la puerta de la carpa. El lago Futalaufquen tiene una superficie de 7825 hectáreas y hace varios días que lo uso de reloj: depende la hora del día, sus aguas pasan de agitarse furiosas a bailar con calma. Ahora, justo en el momento en que el sol empieza a esconderse, se les dibuja una silueta dorada que parpadea.

El parque tiene 263 mil hectareas, en las que están distribuidos veinte senderos que los visitantes pueden recorrer. Fue creado en 1937 para proteger los bosques de alerces y es justamente ahí donde nos interesa llegar: hay una excursión que te lleva hasta una isla en la que se mantiene en alto un alerce milenario de 2600 años. Pero para eso tendremos que esperar cinco días después de nuestra llegada.

El lago Futalaufquen
El lago Futalaufquen
El lago Futalaufquen
El lago Futalaufquen
El lago Futalaufquen a veces baila con calma
El lago Futalaufquen a veces baila con calma
Familia en el lago Futalaufquen
Familia en el lago Futalaufquen

 

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A veces el lago se ve así de turquesa

Es sábado y el encuentro es en Puerto Chucao. A las once y media de la mañana nos subimos en el barco que nos llevará hasta Puerto Sagrario, donde se encuentra “El Abuelo”. Durante todo el recorrido la embarcación subraya con líneas blancas de espuma las aguas de uno de los brazos del lago Menéndez.

– Bienvenidos a mi oficina- dice Juan José, el guía, a modo de presentación, y enseguida nos cuenta que este lago sólo puede ser navegado por botes autorizados. Como si tuviera un imán en el dedo, apunta hacia fuera y todos sacamos los ojos por la ventana. Explica que esas jorobas de piedras y arbustos que se ven lo lejos son tierras vírgenes. Pienso -y pienso que todos los que están acá piensan- en cómo será ese lugar. Pienso -y ya no sé si los demás piensan- en esa extraña curiosidad que pueden despertarnos los lugares que nunca fueron visitados.

El lago es un mosaico que por momentos me parece azul, por momentos turquesa y por momentos me parece que no existe color como este. Estoy sentada en la cubierta y de repente veo que todos los pasajeros salen como escupidos del barco. Miro a mi derecha y entiendo: el glaciar Torrecillas posa por un rato para nosotros. Y todos lo miran. En realidad, todos primero le sacan una, dos, tres fotos y después lo miran. A que se deberá esa desconfianza generalizada que le solemos tener a la memoria. O a que se deberá esa obsesión ridícula por obtener muestras de que uno estuvo en tal lugar. Por qué será que ante lo nuevo y extraordinario no podemos permitirnos simplemente relajarnos y observar.

Ahora salen del barco unos nenes de diez años, que vinieron con sus compañeros del colegio y sus maestras de paseo al parque. Se turnan y en tandas de a cuatro salen. Se agarran de las barandas, se les hincha la cara de felicidad y celebran estar navegando en un barco. Ni siquiera miran una vez el glaciar. La emoción de estar navegando se roba todo.

Mire donde se mire, hay postales espectaculares
Mire donde se mire, hay postales espectaculares
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Más vistas panorámicas

 

Este cielo tiene el parque
Este cielo tiene el parque

Finalmente, llegamos a la isla. Caminamos por unas pasarelas de madera y Juan José nos hace acariciar los troncos de unos alerces jóvenes. Lo miro con desconfianza; para nada me atrae tocar esa superficie que se ve tan áspera y rugosa. Para sorpresa de todos, los troncos de los alerces son extremadamente suaves. Unos metros más adelante, llegamos hasta el árbol milenario. Nuestro guía nos hace leer un cartel – “Alerce o Lahuan (Fitzroya cupressoides). Edad: 2600 años aproximadamente”- y después sí, alzar la mirada, como para captar a una bandera que flamea en lo alto de un mástil, cerca de las nubes. El Abuelo tiene unos 57 metros de alto y otros 2,2 de diámetro. Se necesitan ocho personas para darle un abrazo. Había visto muchas fotos de este árbol, pero en ninguna de ellas estaba este cerco de madera que lo rodea y aísla. Estamos a unos cinco metros del alerce milenario, pero no podemos tocarlo y mucho menos abrazarlo.

Juan José lo mira y pone la cara de quien confiesa un secreto inmenso. Dice que por este árbol encontró su vocación y se convirtió en guía de turismo, hace ya mucho tiempo. Dice que la primera vez que lo vio pensó que era lo más increíble que había visto en su vida. Tan inmenso, tan maravilloso, tan inmortal.

Nos volvemos a subir al barco dejando a “El Abuelo” en su isla, y pienso en la confesión de Juan José. Será que esa es la mejor descripción que puedo dar sobre este parque. Uno de esos lugares que enamoran, que cambian vidas, que a su manera nos indican por dónde es que va la cosa.

Camping Las Rocas
Camping Las Rocas
Camping Las Rocas
Camping Las Rocas
Camping Las Rocas
Camping Las Rocas

Dos días después de dejar el parque, nos robaron una cámara en las que teníamos la mayoría de las fotos (incluyendo la visita al alerce milenario). Tendremos que confiar en la memoria.

DATOS ÚTILES

Costo de entrada al parque: 70 pesos
Mascotas: se permite la entrada de perros pero con correa
Dónde dormir:
En el parque hay campings organizados, agrestes y libres. Nosotros estuvimos seis días y paramos en dos campings libres: Las Rocas y Playa El Francés.
Costo de la excursión al Alerce Milenario: 560 pesos por persona
Otros paseos:
Cascada Yrigoyen. Duración aproximada: 10 minutos.
Laguna Escondida. Duración aproximada: 3 horas (lo más lindo es el mirador que hay en el camino).
Lahuán Solitario. Duración aproximada: 1 hora y media.
Mirador Laguna Verde. Duración aproximada: 2 horas.

(Precios consultados en diciembre de 2015)

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