La suerte del viajero no existe

La suerte del viajero no existe. Antes de salir a la ruta, había escuchado hablar de una especie de fortuna que rodea a todo el que viaja, pero en dos semanas resolví que tal cosa es un invento. En menos de veinte días, se nos rompió todo lo importante en nuestro equipaje: las dos puertas de atrás del auto, la computadora, el colchón inflable, un filtro de la cámara. Además, el auto se nos quedó dos veces y la mayoría de los días llovió o nevó.

La tormenta que se anuncia.

Cuando llegamos a Río Gallegos, no encontrábamos lugar donde dormir. Habíamos ido a los dos camping que nos dijeron tiene la ciudad, pero ninguno acepta mascotas.  Mientras dábamos vueltas sin saber a dónde ir, vimos un cartel blanco, letras negras, flecha rosa: “Saldia. Camping”. Seguimos la indicación y terminamos en el fondo de una casa. Nos atendió Elsa, 84 años, pelo blanco, dentadura postiza y unas cuantas arrugas que se le marcaban más cada vez que sonreía –cosa que hacía muy seguido-. Ella nos contó que durante muchos años tuvo camping, que después lo cerró y que ahora volvía a abrirlo: éramos los primeros en ir en esta nueva temporada, nos contó contenta. Nos dijo que no tenía problema con que Sheng Long entrara al camping –“¿por qué habría de molestarme?”- y nosotros empezamos a armar la carpa.

El patio era un rectángulo marcado con dos hileras de árboles que, en ese momento, pleno atardecer, se estiraban para tapar los últimos rayos de un sol que intentaba, sin suerte, calmarnos el frío. Mientras clavábamos las estacas en una tierra imposible, con las manos congeladas, empecé a pensar en lo difícil que iba a ser esa noche. No haría mucho más que tres grados. En ese momento, casi como si escuchara lo que yo estaba pensando, apareció Elsa y nos invitó  a pasar a su casa a tomar un café o algo calentito. Le agradecimos, pero le explicamos que preferíamos terminar de armar la carpa antes que anocheciera.

Unos minutos después, apareció Pablo, un entrerriano de unos 30 años. Nos contó que se había mudado a Río Gallegos hacía cinco meses y que le alquilaba a Doña Elsa parte de su casa. Nos ofreció un cuartito que tenía vacío para que pasáramos la noche y nos dijo que si queríamos podíamos entrar para comer, así no pasábamos frío. Baldo se puso contento e incluso creo que mencionó algo sobre la suerte que teníamos. Yo no. Le dije a Baldo que no quería dormir en la casa ni quería entrar a comer, porque no creía que nadie fuese tan amable desinteresadamente. Le dije que esas personas me daban desconfianza. Me daba desconfianza que fuesen tan buenos.

Cuando se hizo de noche, Pablo nos volvió a ofrecer que entremos a comer y dormir. Baldo inventó una excusa por mí y le dijo que íbamos a comer afuera. Pero aceptó la invitación al cuartito. Finalmente, dormimos los tres calentitos y cómodos después de pasar días en carpa.

A la mañana siguiente, ni bien nos levantamos, Pablo nos hizo pasar a la cocina. Una habitación chiquita, con azulejos celestes y paredes sostenidas por angelitos de porcelana. Elsa estaba sentada en una mesa que estaba cubierta con un mantel plástico floreado. Nos ofreció café, pan casero, manteca y mermelada. Pablo se tuvo que ir a trabajar y nosotros nos quedamos dos horas hablando con Elsa. Nos contó de sus hijos, de sus nietas la abogada y la odontóloga, nos contó que se habían recibido en Córdoba gracias a ella, que les había pagado los estudios. También nos habló de los problemas que hay en Río Gallegos y de los problemas que ella cree se les vienen encima.

Antes de irnos, le preguntamos cuánto le debíamos. Elsa nos dijo que no nos iba a cobrar e incluso, como si eso fuese poca cosa, nos pidió que si volvíamos a la ciudad no dudáramos en parar de nuevo en su casa.

Empecé a pensar en que eso es lo bueno que nos llega a los que viajamos: momentos que sorprenden, que nunca podrían programarse y muchos menos imaginarse. Y que hacen que creamos en algo mucho más importante que la suerte. Hacen que creamos en las personas. Hacen que volvamos a tener un poquito de fe en la humanidad.

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Comments 6

  1. emi
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    Elsa es luz ♥

    16 noviembre, 2015
    • cualquierotraparte
      cualquierotraparte
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      Totalmente! =)

      16 noviembre, 2015
  2. Trinidad
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    Para mi la duda y la desconfianza la genera el bloque de cemento donde resido. Guíense siempre por su interior que les va a ir muy bien 🙂

    16 noviembre, 2015
  3. Consejos para viajar con tu perro por la Patagonia – Cualquier otra parte
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    […] Uno de los miedos más grandes que teníamos era no encontrar dónde dormir con Sheng Long. Sin embargo, no fue un problema, incluso terminamos durmiendo en un hotel que tenía un dueño fanático de los perros. Quitando excepciones, siempre dormimos en campings y en su gran mayoría nos dejaron entrar con Sheng -sólo tuvimos inconvenientes en Río Gallegos hasta que encontramos a Elsa y su generosidad-. […]

    5 enero, 2016
  4. Cómo dormir gratis mientras viajás (con perro incluido) – Cualquier Otra Parte
    Reply

    […] Habíamos escuchado muchas historias de viajeros que terminaban alojándose en casa de personas que conocían en el camino. Incluso nos recomendaron mucho Couchsurfing, una plataforma en la que los usuarios ofrecen sus casas para hospedar a los que están de paso y tener un contacto cercano con ellos. Pero cuando la usamos no tuvimos suerte en encontrar algún anfitrión dispuesto a recibir a dos personas y un perro. Entendemos que puede llegar a ser complicado aceptar mascotas por lo que casi habíamos perdido las esperanzas de tener ese contacto tan cercano con los locales. Pero en Río Gallegos, cuando no encontrábamos camping que nos dejara quedarnos con Sheng y sufríamos por el viento frío que nos pegaba en la cara, conocíamos a Elsa. Nos invitó a dormir calentitos en su casa y como si fuera poco, a la mañana siguiente nos regaló el desayuno y dos lindas horas de charla. (Pueden el relato completo del día que conocimos a Elsa acá). […]

    13 septiembre, 2016
  5. Dónde dormir gratis mientras viajás (con perro incluido) – Cualquier Otra Parte
    Reply

    […] Habíamos escuchado muchas historias de viajeros que terminaban alojándose en casa de personas que conocían en el camino. Incluso nos recomendaron mucho Couchsurfing, una plataforma en la que los usuarios ofrecen sus casas para hospedar a los que están de paso y tener un contacto cercano con ellos. Pero cuando la usamos no tuvimos suerte en encontrar algún anfitrión dispuesto a recibir a dos personas y un perro. Entendemos que puede llegar a ser complicado aceptar mascotas por lo que casi habíamos perdido las esperanzas de tener ese contacto tan cercano con los locales. Pero en Río Gallegos, cuando no encontrábamos camping que nos dejara quedarnos con Sheng y sufríamos por el viento frío que nos pegaba en la cara, conocíamos a Elsa. Nos invitó a dormir calentitos en su casa y como si fuera poco, a la mañana siguiente nos regaló el desayuno y dos lindas horas de charla. (Pueden el relato completo del día que conocimos a Elsa acá). […]

    13 septiembre, 2016

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