La Quiaca: el final, el principio

“Sólo imagina lo precioso que puede ser arriesgarse
y que todo salga bien”.
Mario Benedetti

 

Sábado 7 de mayo de 2016

Estamos en Cusi Cusi, un pueblo de 359 habitantes y unas cuantas casitas de barro, que queda a unos 200 kilómetros de nuestro objetivo: La Quiaca, el punto en el que termina la ruta 40. Hace siete meses que nos arrastramos con Rosendo por todo la línea que marcamos en un mapa antes de salir de nuestras casas. Era un mapa de la Argentina muy grande, lo que hacía ese trazo pareciera algo dificil de conseguir. Pareciera algo imposible. Pero acá estamos, con casi 5000 kilómetros transitados a nuestras espaldas, a punto de lograrlo.

Estoy nerviosa. ¿Por qué será que los finales nos generan ésto?

Salimos del pueblo y a unos pocos kilómetros frenamos en una formación rocosa que se llama Valle de La Luna. Son copitos de tierras blancas, marrones, rojas, anaranjadas. Me voy a una punta con buena vista para sacar fotos. Cuando vuelvo, lo veo a Baldo tirado abajo del auto. Me dice que perdimos una parte, pero que no tiene idea para qué sirve. Era un plástico no muy grande que los caminos de ripio habían dejado colgando del paragolpe.

cusi cusi
Valle de La Luna

Desde que dejamos Cafayate, la 40 es puro ripio y caminos de alta montaña. Hace dos días, pasamos por el punto más alto, en Abra del Acay. A pesar de todo lo amenazante que nos parecían los carriles angostos sostenidos a casi cinco mil metros, fue una de las partes más lindas del camino. Había elevaciones de colores verdes, rosas, lilas, que tenían un brillo que las hacía ver aterciopeladas. Por momentos, me daban ganas de sacar la mano afuera de la ventillas y estirla para tratar de acariciarlas. Pero las ganas duraban sólo un rato porque después veíamos que un auto avanzaba en dirección contraria a la nuestra, y buscábamos nerviosos donde frenarnos porque era imposible que dos autos transitaran a la par.

Ésté último es el tramo de la ruta que en peor estado está. Por eso, azanzamos despacio, y los kilómetros corren más lento que de costumbre. Seguimos por la línea de tierra y siento cada una de las piedritas que el auto deja atrás. Los amortiguadores tampoco están en las mejores condiciones. Volvemos a a hacer una parada para acomodar parte del equipaje que en una sacudida salió despedido arriba de Sheng Long. Baldo baja y cuando vuelve a subir la puerta que quiere cerrar, no cierra. Vemos que hay algunos tornillos que se salieron. Parece que Rosendo también siente que estamos cerca del final.

Abra del Acay, punto más alto de la ruta 40
Abra del Acay, punto más alto de la ruta 40

Me duele la cabeza. La altura empieza a apunarme así que, aunque no me gusten, agarro unos hojas de coca y empiezo a masticar. Las manos me transpiran; no sé si será de los nervios o por el calor que empieza a golpear hora mediodía.

Ni Baldo ni yo hablamos durante el recorrido. Excepto en una tercera parada, en la que frenamos para ver a unas llamas que están al costado de la ruta y tienen pompones fucsias colgados de las orejas. Los dos empezamos a formular teorías sobre si será que se las ponen como adornos o si trendrán otro fin. Nos reimos y ya no volvemos a pronunciar palabra. Lo miro y pienso que probablemente le preocupe que el auto termine destartalado en plena ruta antes de llegar a La Quiaca. Pero, supongo, también tiene que estar nervioso.

Muchas veces en los últimos meses dudé que lográramos estar donde hoy estamos. Porque teníamos miedo, porque nos quedaba poca plata y muchos kilómetros, porque estábamos cansados, porque extrañábamos a nuestras familias, porque las noches empezaban a ser cada vez más frías, porque a veces nos costaba sabernos lejos de todo lo cómodo y conocido, porque a veces era difícil tratar de explicar a esos que nos creían locos, porque llegó un momento en el que la incertidumbre nos pesaba y teníamos que recordarnos por qué hacíamos lo que hacíamos. Por qué elegíamos, a pesar de todo eso y a pesar de todo lo que vendría, seguir. Seguir. Seguir.

No puedo dejar de sentir a este final como un principio. No puedo dejar de pensar qué pasará después del viaje. Cómo todo lo que vivimos en los últimos 205 días va a encajar en la que solía ser nuestra vida. Cómo nosotros vamos a encajar en esa vida. O cuando llegará el momento en que no tenga necesidad de encajar y entienda que esa, esa ya no es mi vida. Y entonces, enfrente el saber que ahora, justo ahora, me estoy construyendo una nueva vida. Y en ese hilo de pensamientos enredados, se me cruza el cartel verde que en medio de la nada anuncia que llegamos a La Quiaca.

Y me obligo a dejar de pensar.

A dejar de repasar todas las circunstancias que nos trajeron hasta acá, a dejar de adivinar cómo será lo que vendrá, a dejar de tratar de solucionar los problemas que hoy no existen.

Porque hoy, quiero simplemente disfrutar este momento. Que no sea como tantos momentos que desaprovechamos en el mometno por intentar pensar en algo más.

Hoy quiero estar presente.

Hoy cumplimos el sueño de recorrer toda la ruta 40 de Argentina con nuestro perro.

Hoy es el final.

Hoy es el principio.

Y hoy es, y será por siempre, un gran día dentro de nuestra historia.

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