Historias de San Rafael

Los viñedos al costado del camino. Los puestos que venden pastelitos, tortas fritas y bizcochos de anis. Los sauces llovidos que caen sobre el asfalto. El hombre que barre la puerta del local recién abierto. Los carteles que ofertan dos choclos a 10 pesos, un kilo de asado a 60 pesos, dos kilos de manzanas a 20 pesos. Las calles vacías en la hora de la siesta. Los grupos de ciclistas que no la duermen. La feria con tablas de madera, pelotas de fútbol, ropa de colores. Una ciudad no es sólo lo que vemos a través de la ventana. Pero una ciudad es algo de lo que vemos de ella a través de la ventana.

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San Rafael queda en el centro de Mendoza. Esta es la segunda vez en tres meses que la visitamos. La primera llovía y por eso nos quedó pendiente conocer el Cañón del Atuel. Esta vez, también llueve, por lo que el Cañón del Atuel seguirá pendiente hasta mañana. Aprovechamos el día obligado en San Rafael para hacer algunas cosas que tenemos que hacer. Algunas cosas que tenemos que hacer: llevar a arreglar la computadora que no prende y sacar un nuevo seguro para Rosendo –el auto que nos lleva por la ruta 40- porque el que tenía se venció.

En la Patagonia, conocimos a muchos porteños retirados: dejaron la Capital Federal, conocieron una vida mejor –o eso dicen ellos- y ya no hay posibilidad de que vuelvan. Y parece, que en la región de Cuyo también los hay. En la empresa de seguros conocimos a una mujer que dejó Buenos Aires hace 18 años. Dice que por nada en el mundo abandona los asados en Valle Grande – que queda a 30 kilómetros de acá- o las noches de verano en las que se puede estar en la pileta hasta medianoche.

– Acá hay otra vida – dice.

Supongo que una ciudad no es sólo lo que las personas dicen de ella. Pero una ciudad es algo de lo que las personas dicen de ella.

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Nuestro segundo día en San Rafael amanecimos en el patio de la comisaría 38va. Como el camping estaba cerrado –cosa que nos pasa muy seguido por viajar fuera de temporada- fuimos a preguntar a la comisaría dónde podíamos poner nuestra carpa y nos ofrecieron un lugar.

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Nuestra carpa en el patio de la comisaría

Después, finalmente, fuimos hasta el Cañón del Atuel. Empezamos a ver los tonos de rojos que trepan las montañas y pensé en la Patagonia que dejamos atrás, en cómo apenas unos kilómetros nos transportan a paisajes remotamente distintos. La magia de la ruta 40. O la magia de la Argentina. El camino empieza en Valle Grande, donde puede hacerse rafting en el río Atuel. Pero otro de los síntomas del fuera de temporada es que a veces los lugares que visitamos, que se suponen llenos de excursiones y ofertas para los visitantes, están completamente vacíos. Y para mí, eso también tiene algo de encanto. Ver a los lugares crudos, sin agregados, sin turistas ni (casi) locales. Es como tener todo el lugar sólo para nosotros. Después de un trayecto entre árboles y locales vacíos, llegamos a uno de los miradores del Atuel. Si bien ya no llovía, el cielo estaba apagado y eso no hacía más que resaltar lo celeste del agua.

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Más adelante, casi en la mitad de los 162 kilómetros que tiene el circuito, el camino está incrustado justo en medio de los gigantes rocosos y se pueden ver los autos diminutos que surfean por las olas de asfalto. Una vez más, la naturaleza tan grande, nosotros tan chiquitos.

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San Rafael sin viñedos es difícil de imaginar. Pero así era antes de 1883, cuando la primera bodega fue construida por Rodolfo Iselín, un inmigrante francés que quería invertir la fortuna de su familia y se encontró con que en este rinconcito de Mendoza las propiedades de la tierra eran buenas para el cultivo.

Compró más de 800 hectáreas y edificó su bodega, que hoy sigue funcionando y es la más antigua de la ciudad. Estamos en la finca, en el mismísimo lugar en el que se produce el vino y nuestra guía, Jimena, nos cuenta primero la historia del vino y después la historia de Iselín, que bien podría ser la trama de una novela.

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Cuando construyó su bodega Iselín trajo maquinaria importada de Francia maquinaria que todavía hoy se sigue usando y la vemos justo frente a nosotros, cubierta de una pasta hecha de uva triturada.

Una de las máquinas recibe el racimo de uva tal como se saca de la plata. Hay una moledora que gira a gran velocidad y separa el escobajo –el palillo- del grano de uva, que se usa completo, con piel, pulpa y semilla. El escobajo se puede usar como abono pero no en la fabricación del vino. El resto, pasa a una pileta de fermentación en la que se separa la pulpa de la uva, que se desintegra y reposa en el fondo. La piel y la semilla, al ser sólidas, flotan por encima del resto. Reciben el nombre de sombrero, y permanecen en contacto con el vino para darle color, hasta que se llevan a una prensa continua donde se obtiene el vino llamado de segunda categoría o vino de mesa.

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Después de conocer este proceso, seguimos caminando por la finca y vemos una edificación en punta que sobresale entre los árboles. Es la casona que Iselín construyó para habitar con su mujer y sus tres hijos: la mayor, Juanita, y Williams y Roberto, quienes nacieron en Argentina.

Fue recién en 1888 cuando Iselín comenzó a producir sus vinos. Pero tenía que transportarlos a más de 200 kilómetros para venderlos. El viaje era en carretas de madera y el producto iba expuesto al sol, el calor y la humedad, por lo que llegaba en mal estado.

Iselín se dio cuenta que necesitaba que el ferrocarril llegue hasta sus tierras por lo que creó una colonia francesa. Años más tarde finalmente llegó el ferrocarril y el negocio empezó a crecer.

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Pero en 1903, a los 21 años, murió la hija de Iselín. Hasta ese entonces, la bodega se llamaba Juanita, en honor a ella, pero tras su muerte el francés decidió cambiar el nombre de la bodega. La bautizó La Abeja, por la gran cantidad de bichos que rondaban por la bodega.

Iselín volvió a Francia con una gran depresión y dejó a cargo de la empresa a su hijo Williams, quien se gastó toda la fortuna de su padre. Mientras tanto, él se divorció y volvió a casarse con una joven 20 años menor que él.
Entonces decidió volver a San Rafael y aunque la sociedad no aceptó bien su segundo matrimonio, pudo hacer que su bodega vuelva a funcionar. Cuando todo parecía encaminarse, Iselín descubrió que uno de sus hijos tenía un romance con su esposa.

Guiado por el dolor nuevamente, Iselín volvió a Francia. Dicen que murió vagabundeando por las calles de Paris, vendiendo flores a los peatones.

Finalmente, en la década del 40, la bodega es comprada por sus actuales dueños, la familia Ripa.

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Antes de la visita, pensé que podía llegar a aburrirme ver cómo es la producción del vino, tal vez la explicación iba a estar con demasiados tecnicismos para mi. Pero en La Abeja no sólo me atrapó la historia del vino sino la historia de Iselín. Al fin y al cabo, el mundo no es más que un entramado de historias.

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INFO ÚTIL

Cañón del Atuel
Dónde dormir: Camping “San Cayetano” en El Nihuil. Costo: 50 pesos por persona. Acepta mascotas.

Bodega La Abeja
Las visitas guiadas se realizan cada media hora y son gratuitas. Al final del tour, hay una degustación y el que quiera puede comprar vinos. ¡Recomendamos el rosado!

Más información en www.bodegalaabeja.com.ar

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Comments 1

  1. 10 lugares increíbles de la Ruta 40 – Cualquier Otra Parte
    Reply

    […] + INFO acá […]

    4 agosto, 2017

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