El día que perdimos a nuestro perro


De una liga de hierro oxidado cuelgan vagonetas de hierro oxidado que solían llevar minerales de ésta estación, la número dos, hasta la siguiente estación. Les saco fotos mientras un rayo de luz se mete justo adentro de una de las vagonetas y pienso cómo habrá sido esto 111 años atrás, cuando fue inaugurada la minera La Mejicana, de la que Chilecito nos habla desde que llegamos: “Famatima no se toca”, se lee en paredes, parecitas, paredones. Y mientras viajo en el tiempo con la mente, un ruido me vuelve de repente al presente. Me acerco hasta el borde del cerro, donde estamos a 1539 metros, y veo a cinco cabras que escapan desesperadas mientras Sheng Long les corre atrás.

Cuatro de ella se van para un costado mientras que una, negra con el pecho blanco y una campanita que le cuelga del cuello y suena a la par de sus quejidos, se va para el otro lado. Sheng Long sale a perseguirla. Lo veo que rebota en las piedras con la lengua colgando de la boca. Le grito, lo llamo, pero no me hace caso. Y entonces, se pierde en el paisaje y desaparece de mi vista, mientras sigue corriendo de cerca a la pobre cabra.

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Cada vez que llegamos a un lugar, abro la puerta del auto para que Sheng pueda salir. A veces pasa horas viajando en el asiento de atrás y pienso que debe estar aburrido. En cambio, Baldo es menos permisivo (o más precavido) y siempre quiere primero inspeccionar el lugar antes de soltar a Sheng. Hoy, yo decidí abrirle la puerta, por eso, cuando le digo a Baldo que no sé dónde está el perro me clava una mirada que me carga de culpa.

Empezamos a llamarlo con gritos y silbidos pero el paisaje nos devuelve nuestros gritos y silbidos con eco. Éste es un lugar eterno y no es un simple decir: no se ve dónde termina. Hay rocas, altas, bajas, que se apilan y toman altura, cactus, arbustos. Hay una torre del cable carril también oxidada y muy a lo lejos, se ve la ruta que nos trajo hasta acá, a 9 kilómetros de la ciudad. En todo este terreno puede estar Sheng Long. Y conociéndolo, creo que en este momento ya está explorando muy en lo profundo del lugar.

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Ya deben haber pasado unos 40 minutos desde que lo perdimos y empiezo a imaginar los peores escenarios. Sheng Long desaparece y termina viviendo con una familia de Chilecito. Baldo nunca me perdona que le haya abierto la puerta y me deja. Nos volvemos a Buenos Aires y ya no tengo novio ni perro, y no logré cumplir mi sueño de recorrer toda la ruta 40. Se me llenan los ojos de lágrimas y me obligo a dejar de pensar.

Hay una pareja con su hijo que después de escucharnos llamar a Sheng por casi una hora se suman voluntariamente a la búsqueda. Nos dicen que ven a lo lejos un puesto de cabras. Suponemos que tal vez, persiguiendo a los animales, Sheng Long llegó hasta ahí. Queda lejísimos, tanto que es imposible llegar caminando antes de que anochezca. No entiendo cómo es posible que Sheng haya llegado hasta ahí en tan poco tiempo. El chico nos dice que conoce un camino para llegar hasta el puesto y se ofrece a guiarnos hasta allá.

Se suben a su moto y Baldo los sigue. Yo me quedo en el cerro por si Sheng aparece. Cuando estoy sola me siento en un banco, cierro los ojos y pienso que va a volver. Después, veo que el auto de Baldo pasa por la ruta que está a lo lejos; lo distingo por el plástico verde que envuelve las cosas que van en el portaequipajes.  Minutos después, miro con un lente de la cámara que tiene mucho zoom y veo a Baldo que colgado de un alambre cercano al puesto de las cabras llama a Sheng Long.

Pero nada.

Empiezo a pensar en bajar por el cerro y meterme en el valle, caminar entre los arbustos, pero me da miedo de perderme también.

– ¡Sheeeeeeeeng! – grito ya por inercia. Y entonces, escucho el ruido que hace la chapita que le cuelga del collar a Sheng. Grito más fuerte. Miro por el lente de la cámara. Bajo un montículo de piedras en el que estoy parada y me asomo al borde. Y lo veo. Subiendo con esfuerzo las rocas, agitado y con la lengua de tamaño triplicado.

Bajo un poco entre las piedras, me estiro para agarrarlo del collar y lo ayudo a subir. Lo abrazo y siento que los latidos del corazón están por reventarle el pecho canoso. Lo reviso y veo que tiene un raspón arriba del ojo derecho y un poco de dolor en una de las patas de adelante.

Dos chicas me ven con Sheng y me preguntan si es el perro que estábamos buscando. Les digo que sí y me dicen que tenemos suerte.

– Tienen suerte. Yo pensé que se les había perdido. Incluso tenía miedo porque en este cerro vive un puma que mata a cuanto animal se le cruza.

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Todas las fotos, obviamente, son post búsqueda de Sheng.

Unos treinta minutos más tarde, vuelve Baldo y Sheng sale a buscarlo a las corridas. Después se me acerca y me abraza, yo no aguanto y me largo a llorar.

– Pensé que se había perdido.

– No te preocupes, amor. Sheng siempre vuelve.

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La herida de la escapada
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Comments 1

  1. Guía para viajar desde Chilecito hasta Cachi por la Ruta 40 – Cualquier Otra Parte
    Reply

    […] nosotros tuvimos una experiencia no tan buena en el lugar, porque perdimos a Sheng (pueden leerlo acá), les recomendamos […]

    10 octubre, 2016

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