El Chaltén valió la pena

Cómo aguantar una caminata de kilómetros y kilómetros cuando no se sabe a dónde se pretende llegar. Camino y pienso que la ida siempre es la parte sacrificada de los senderos, un esfuerzo que todavía no se sabe cómo será recompensado. Camino y pienso cuán impresionante será lo que esté al final del recorrido. Camino los 9 kilómetros -en realidad, recién 4 de los 9- que me separan de la Laguna Torre y pienso cómo aguanta el que aguanta sin saber para qué.

El Chaltén es la Capital Nacional del Trekking y tiene varios senderos para caminar. En el momento de elegir cuál hacer hay que ver la complejidad del camino, cuál es su desnivel, ser sincero con el estado físico que tiene cada uno y -muy importante- mirar cuán fuerte sopla el viento ese día. Anoche habíamos acordado hacer el trayecto hasta Laguna de los Tres pero esta mañana, siendo apenas las 9, el viento ya sacude los árboles con furia, por lo que decidimos cambiar el destino y elegir uno de menor dificiltad: senda Laguna Torre, complejidad media y una duración aproximada de 3 horas. Al final, dicen, prometen, la recompensa es ver a la laguna metida entre los cerros Adelas, Torre y Fitz Roy.

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Empezamos a caminar y a los pocos metros Baldo me saca bastante ventaja. Dos chicas extranjeras, me miran con una sonrisa, saludan y me sacan ventaja. A los 2 kilómetros hacemos una primera parada y un grupo de turistas pasa por adelante nuestro. Dos hombres y cuatro mujeres de unos 60 años nos dan los buenos días con distintos acentos. Clavando sus bastones de trekking en la tierra nos pasan, lo más tranquilos, sin el más mínimo signo visible de cansancio. Yo ya no doy más.

Llegamos al Mirador Torre y vemos los picos de los cerros que sobresalen de un fondo celeste y parecen querer saltarnos a los ojos. A pesar de eso, los veo tan lejos. Un kilómetro después Baldo me para. Adelante suyo un cartel nos indica que recorrimos 3 kilómetros de 9. Me dice que nos faltan 6, más los 9 de la vuelta, son 15 en total.

  • ¿Estás segura que vas a poder o querés pegar la vuelta?

Supongo que me veo tan mal como me siento. Pero le digo que quiero seguir y seguimos.

Ahora, hay un color verde del que sobresalen muchísimas flores amarillas. Y en el fondo, siguen los cerros, lejanos. Baldo me espera sentado en un tronco. Hace varios kilómetros que su caminar le sacó ventaja a mi caminar, que pasó a verse como un puntito distante que se mueve entre los árboles.

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Empieza una zona de bosque, con árboles altísimos que parecen unir sus extremos para tapar el cielo. Y en el costado izquierdo, corre un río espeso y grisáceo, que se escabulle entre un suelo rocoso. Es justo ahí, el momento -que siempre llega- cuando pienso en abandonar. En que si me voy ahora deben ser sólo unos cinco o seis kilómetros de vuelta y nada más. Me duelen las piernas, me explotan los tobillos, me pesa la espalda. Pienso en el mal estado físico que tengo, en que no fui honesta conmigo cuando decidí hacer este camino. Pero pienso que si abandono ahora me voy a quedar sin ver la laguna, sin ver lo que vine a ver. Pienso y sigo.

Entonces veo que Baldo me marca un cartel y antes de leerlo, le leo a él la alegría en la cara: “Senda Laguna Torre 8 de 9 kilómetros”. Antes de venir a hacer el camino, fuimos a la oficina de informaciones y un guardaparque nos dijo que el primer kilómetro y el último eran lo más dificíl del sendero. Y no mintió. Sufro la última parte y finalmente, metros después que Baldo, llego. Y ahí está: el agua que siente el viento y aguanta bloques de hielo. Más atrás, sobresale un glaciar que pasa del turquesa al azul. Y más atrás, las Adelas y el Cerro Torre, que en este momento, parece agujerear una nube que está justo encima suyo.

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Descansamos unos minutos y pego la vuelta sola, Baldo -incasable- sigue camino hasta el Mirador Maestri. Mientras me voy, veo que llega un chinito de no más de 25 años. Tira, apurado, contra las piedras, una mochila que casi le duplica su tamaño. Saca de adentro una tablet y le apunta a la laguna. Mira la pantalla, para ver la imagen congelada, y sonríe. Tiene la felicidad que no se le despega de la cara. Pienso que así debía estar yo hace unos minutos, cuando llegue hasta acá. Y sonrío. Y pienso que valió la pena.

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