El Bolsón: una ciudad, tres versiones

I

– ¿Cuándo lo viste en el camping creíste que ibas a poder subirlo?- me pregunta Baldo, sentado al lado mío en el auto. Estoy cansada, me duelen músculos que creo nunca me habían dolido en mi vida. Apenas abro la boca para largar un “no”, que más que negación suena a quejido.

Lo que Baldo me pregunta es si cuando vi esa pared enorme que se levanta justo frente a nuestra carpa, me imaginé que alguna vez iba a estar parada en su cumbre. Lo que Baldo me pregunta es si me creía capaz de subir un cerro de 2260 metros de altura. Y la verdad es que no. Hay un mito urbano que dice que el Piltriquitrón emana una energía sanadora que ayuda a mantener bien el ánimo de las personas que permanecen en El Bolsón. Ahora no la siento, pero supongo que las últimas ocho horas la estuve sintiendo.

Esta mañana, salimos desde una plataforma en la que dejamos el auto y empezamos -los tres porque ésta es una caminata que se puede hacer con perros- a caminar. Lo primero que nos cruzamos fue el bosque tallado. En 1978 hubo un incendio que dejó a todos los árboles de esta zona ennegrecidos. Hasta que veinte años después, un grupo de artesanos transformó a los troncos en esculturas de distintos tamaños.

Seguimos caminando y llegamos hasta un refugio, que está a 1200 metros de altura. Ahí nos anotamos en el registro de montaña, cargamos agua y seguimos camino. Como el plan era subir y bajar en un día, ibamos sin más equipaje que una mochila y la cámara. Pero en ese momento ya sentíamos como el calor furioso nos trepaba por la espalda. Como en cada caminata, yo iba atrás y Sheng y Baldo más adelante. En un momentos siento que Baldo me llama a los gritos. Un hoyo gigante agujeraba el suelo y adentro, un montón de nieve, y adentro, Sheng Long revolcándose de la felicidad. Nos refrescamos y seguimos camino.

Alegría con la nieve
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La alegría de refrescarse
La alegría de refrescarse

Lo que siguió fue lo más difícil de la excursión, en particular, el último tramo de la subida. Son varios metros muy empinados que además, tienen una superficie rocosa que obliga a poner una cuota más grande de atención y cuidado. Por momentos pensé en darme de baja, en volver hasta el refugio y esperarlos a Baldo y a Sheng sentada. Pero me exigí un poquito más y un poquito más y llegué hasta la cumbre.

Ahí, nos paramos ante un anfiteatro formado por la Cordillera de los Andes, donde asomaba apenas el cerro Tronador -que está a unos 100 kilómetros de distancia-. Las nubes eran grandes y esponjosas; me parecía que podía estirar el brazo y alcanzarlas. Es una sensación rara. Sentirse pequeño, minúsculo, tan sólo una partecita de un todo tan grande que no podemos llegar a dimensionar. Pero a la vez, sentirse grande, mucho más grande que lo nuestro cuerpo abarca. Mucho más grande de lo que nuestros pensamientos creen que somos capaces de hacer.

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Felizmente cansado

Sentirse grande, sentirse pequeño
Sentirse grande, sentirse pequeño

Mientras bajábamos del cerro para emprender la vuelta, el cielo escupió un cóndor que voló por unos segundos encima de nuestras cabezas, dibujando círculos en el aire. Me gusta pensar que en realidad, salió a despedirnos.

II

Baldo pierde un promedio de dos cosas por día de viaje. Siempre aparecen, pero hay varios minutos en los que las cosas están perdidas. Una de las mañanas que estuvimos en El Bolsón, me despertó diciéndome que su cámara estaba perdida. O en realidad -como hace siempre para anunciar que perdió algo- preguntándome si yo sabía donde estaba. El estuche en el que solíamos guardarla estaba vacío, sin la cámara ni el cargador, algo que nos parecía raro. Después de revolver todo el auto nos dimos cuenta que nos la habían robado.

Tratamos de viajar lo más livianos posible, de llevar casi exclusivamente lo muy necesario. Antes de que saliéramos a la ruta pensé que me iba a costar cargar sólo unas pocas cosas, pero realmente uno aprende del desapego, entiende que son tan pocas las cosas que en realidad necesitamos. A los dos nos gusta mucho sacar fotos de los lugares que visitamos, y si bien la cámara no cubre una necesidad básica, es algo importante para nosotros. Además, la cámara que usaba Baldo no era de él, sino que se la había prestado su hermana.

Cuando le comentamos a uno de los chicos que trabaja en el camping lo que había pasado, nos empezó a narrar la transformación de una ciudad. En este caso, su cuidad. La que era tranquila, la que los turistas elegían porque encontraban en ella un lugar en calma, rodeado de naturaleza. Nos contó que los robos son cada vez más frecuentes. Que incluso, hacía poco más de una semana habían entrado a robar a la casa de su novia, llevándose prácticamente todas las cosas que tenía. No lo decía con enojo, ni con bronca, sino con tristeza. Con la tristeza de quien sabe que perdió mucho más que una cámara de fotos, alguien que perdió el que era su lugar en el mundo.

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III

Acá estamos, en el principio de un camino lleno de principios. Allá, bien arriba, inaccesible a la mirada, en la cima de la montaña, las tres palabras tan repetidas por todas las personas que conocimos en los últimos días: Cajón del Azul. Allá, bien arriba, inaccesible a la mirada, se supone me espera un cúmulo de historias de un viaje pasado.

Es extraño lo que recordamos -o será que inconscientemente elegimos recordar- de los lugares. Este camino ya lo recorrí hace unos cinco años con una amiga, sin embargo no reconozco nada del trayecto. Me acuerdo que en su momento me había costado mucho hacer cada kilómetro y ahora reconozco un camino bastante sencillo. Sólo se complica un poco porque vamos bastante cargados -Baldo dice que debo llevar unos 10 o 15 kilos en la espalda, yo siento que son 50-.

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Con mis 50 kilos en la espalda

Acá estamos, 200 metros arriba, 350 restantes. El sol de una tarde de diciembre nos castiga. Siento que las zapatillas se me achican con cada paso y las medias se me pegan a los pies, que me duelen, me laten, me piden frenar.

Acá estamos, 450 metros arriba, 100 restantes. A nuestros costados escuchamos el agua corretear entre las piedras y nos acercamos. Como robado de un cuadro, el río del Azul se pasea exhibiendo sus aguas cristalinas.

Acá estamos, 500 metros arriba, en el refugio La Playita. Como se permite recorrer el sendero con animales, Sheng Long viene con nosotros. En la oficina de información turística nos explicaron que cada refugiero decide si acepta el ingreso de mascotas o no. Antes de venir, nos comunicamos con La Playita y nos dijeron que podíamos pasar la noche con el perro.

La Playita
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Acá estamos, 600 metros arriba, en el final de un camino lleno de principios. Caminamos media hora desde el refugio y llegamos finalmente al Cajón del Azul. Lo veo y veo lo único que tengo tatuado en la memoria, intacto de este lugar: el color del agua. Azul, infinita. Supongo que hay cosas que el recuerdo no se permite olvidar. 

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El agua. Azul, infinita
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Info útil

  • Para llegar hasta la plataforma desde donde empieza el camino hasta el cerro Piltriquitrón, hay que tomar por la ruta 40 Sur y a 3 kilómetros seguir por un desvío a la izquierda. Todo el trayecto está señalizado. Ahí se puede dejar ahí el auto y empezar la caminata.
  • Para llegar hasta el inicio del camino que va al Cajón del Azul hay que alejarse 15 kilómetros de El Bolsón, llegar a un cruce de caminos junto a un paraje llamado Mallín Ahogado, en Warton. Si vas en auto, hay un estacionamiento en el que podés dejar el auto y el pago es a voluntad. También hay colectivos que llegan hasta ahí.
  • Según nos informaron en la oficina de información turística, todos los senderos de El Bolsón se pueden transitar con mascotas. Después, cada refugio tiene sus reglas particulares. Lo que pudimos averiguar nosotros es que La Playita acepta el ingreso de perros. Nosotros acampamos ahí, dejamos nuestras cosas y seguimos hasta el Cajón -una caminata de 30 minutos-.

Otros lugares para visitar

  • Parque Nacional Lago Puelo. A 13 kilómetros de El Bolsón. Precio: gratuito (en diciembre de 2015), cuando empieza la temporada de verano hay que pagar entrada. Permiten el ingreso de mascotas. Hay un camping en el parque, se llama Delta del Azul y cuesta 100 pesos por persona.
  • Lago Epuyén. A 25 kilómetros de El Bolsón. Precio: gratuito. Se puede ir con perros.
Lago Puelo
Lago Puelo
Lago Epuyén
Lago Epuyén
Lago Epuyén
Lago Epuyén
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