Caviahue, la despedida de la Patagonia

En Caviahue, para encontrar la casa de alguien sólo hay que preguntar a la primera persona que pasa cerca. El papá de Cati, una amiga que conocimos en Bariloche, se ofreció a prestarnos una cabaña. Y tenemos que encontrar a Marita para que nos entregue la llave. Cati nos dijo que simplemente preguntemos dónde está su casa, porque todos la conocen. Y todos la conocen. Le preguntamos a una mujer y nos da un par de indicaciones que no entendemos mucho. Más adelante le preguntamos a un hombre. Nos señala la casa y nos dice que si no llega a estar ahí, volvamos a buscarlo y nos muestra dónde vive la amiga de Marita, con la que seguramente esta tarde, a esta hora, ella esté tomando mate.

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En Caviahue, las puertas y ventanas amanecen con alfombras de cenizas. Encontramos a Marita y cuando nos lleva a la cabaña nos cuenta que el volcán Copahue larga cenizas desde la temporada de invierno del año pasado. “Y lo de ahora no es nada”, dice, y nos muestra en su celular fotos de un Caviahue pasado por cenizas, un pueblo amorfo cubierto con un gris espeso.

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La cabaña en la que paramos
La cabaña en la que paramos

En Caviahue, hay bosques de araucarias que queremos conocer. Es nuestra primera mañana acá y nos levantamos con la intención de recorrerlos pero en el momento exacto en que cerramos la cabaña y nos subimos al auto empieza a llover. Vamos hasta los bosques igual porque mañana tenemos que seguir viaje hasta Mendoza. Llegamos a unos miradores que dan a las siete cascadas del río Agrio. A los costados de los chorros de agua, y a sus espaldas, y delante de ellos, las araucarias de pie lo custodian todo. La lluvia, de a poco, afloja y cae finita, en gotas que parecen hilos.

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En Caviahue, tenemos que despedirnos de la Patagonia, después de seis meses, más de veinte ciudades recorridas. Es una tarde otoñal y mientras la lluvia sigue cayendo, el sol empieza a asomar, de a poco, lanzando sus rayos entre las cascadas que ahora miramos. De repente, vemos que a nuestras espaldas crece un arcoíris limpio y brillante. Un arcoíris que atraviesa el bosque y termina justo en una araucaria. Un arcoíris que siempre va muy por delante de nosotros. Pienso que éste es uno de esos días en los que agradezco estar viajando porque de otra manera, no podría estar un miércoles a las cuatro de la tarde en un bosque de araucarias mientras llueve y sale el sol y brotan los colores del cielo grisáceo. El arcoíris ahí se queda, un rato, el rato que nosotros nos quedamos. Se queda ahí un rato, el rato que necesitamos para despedirnos.

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